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Los dilemas de un docente – Parte I

En una de las reuniones de bienvenida a los nuevos alumnos que inician su carrera de administración en la Universidad pregunté a los estudiantes ¿qué pensaban ellos aportar en los próximos 4 años? Sugerí consideraciones alrededor de aportes a sus amigos, a sí mismos, los vecinos, la familia, compañeros, universidad, ciudad, etc.

Recibí toda suerte de respuestas, enmarcadas en optimismo y esperanza:
“quiero aportarle conocimiento a mis compañeros de universidad y a mi ciudad siendo un ciudadano correcto y cívico…”; “quiero dejar huella en la universidad como alumno distinguido. Al mismo tiempo que tenga una empresa montada en el mercado brindando algún servicio a la comunidad…”; “quiero aportar conocimiento a mi misma y a partir de eso empezar a ayudarle a la sociedad desde mi realidad cercana (familia, amigos, y si es posible a las fundaciones con las que he tenido contacto)..”; “quiero aportarle a la universidad algún proyecto emprendedor con el cual pueda sobresalir entre mis compañeros…”; “quiero conocer gente nueva, otras culturas, otras costumbres, otros pensamientos, lo cual creo que logrará abrir mi mente a una perspectiva más amplia…”; “voy a aportar todo lo que pueda dar de mi para el entorno. Cosas como conocimiento, ayuda al que necesite, servir en lo que pueda, compartir experiencias que puedan ayudar a los demás, cultura, pensamientos y voy a estar dispuesta a recibir el aporte de los demás…”
Es el idealismo juvenil que tenemos del deber, como docentes, de no ahogar. El pensamiento crítico que cultivamos tiene entre sus propósitos el contribuir a que nuestros egresados no se presten al papel de ‘idiotas útiles’ al servicio de intereses indebidos y que no comparten. Sin embargo, no prestarse a dicho papel no requiere un ánimo pusilánime, al contrario, requiere convicciones serias, carácter, valor e independencia.
“Más allá del deber”, máxima que resume la aspiración que procuramos vivir en este querido recinto se enfrenta hoy a una cultura de eufemismos: palabras que nombran cosas que en la realidad no lo son.
El uniandino ebrio que conduciendo a velocidad mortal estrelló por detrás un taxi, mató a dos profesionales jóvenes y dejó al conductor minusválido. ‘Estres agudo’ fue el ‘diagnóstico’ que impidió la detención debida en el momento del ‘accidente’ (http://www.semana.com/nacion/articulo/caso-salamanca-se-enreda-cambio-de-delito/368674-3). Estos términos son eufemismos para la realidad, de una parte, del más alto grado de embriaguez y, de otra, para un concepto profesional que debe indicar un estado de salud o enfermedad. Finalmente, ‘accidente’ se refiere a una hecho fortuito, en que no media la intención de los protagonistas. Seguramente, el conductor ebrio no tenía la intención de matar a las dos jóvenes, sin embargo, de un profesional joven, recipiente de múltiples oportunidades educativas, de relación social y al mando de un vehículo de gran potencia, la sociedad espera un comportamiento sensato y responsable.
Pero es prueba aún de una realidad más fundante: la educación universitaria contemporánea no garantiza las virtudes morales. El conocimiento instrumental que campea en las aulas y en los laboratorios, no garantiza un profesional y ciudadano íntegro.
En otras palabras, el optimismo y esperanza con los que llegan los estudiantes entrantes a sus carreras puede erosionarse y el porqué o el cómo sucede, no lo tenemos claro. Sólo que se trata de nuestro mayor reto.
Por Gustavo González Couture
Febrero 10, 2014
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