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Y el parlamento fue campesino y la república de papel

A propósito de un viaje reciente a los Estados Unidos, y de ver marcadas diferencias en el desarrollo agropecuario y agroindustrial de este país, me pregunto por qué los medios de comunicación en nuestro país insisten en que podemos llegar a ser parte de la despensa del mundo. Como expectativa creo que es una aspiración loable pero pretenciosa, bajo la mirada de las posibilidades y de tareas específicas que se estén realizando para llegar a serlo estamos muy lejos de poder denominarnos despensa cuando somos un país que sufre de malnutrición, y lo que es peor, desnutrición (Hay 5,1 millones con desnutrición en Colombia según la FAO).
Siempre me ha gustado la historia y cada vez más entiendo la importancia de esta. Cuando conocemos el mundo sin historia, como no lo enseñan en Colombia (y me refiero desde la escuela pública hasta la educación privada) damos por sentado que solo existe el presente que conocemos y por lo tanto nos desentendemos de algún futuro diferente (me preocupa que las nuevas generaciones desconozcan el conflicto colombiano y se acostumbren a la continua violencia ya enquistada hasta en la familia) tal vez no estemos condenados a repetir la historia si no la conocemos, pero nos estamos perdiendo la oportunidad de conocer como otros han intentado lo que los colombianos ahora deseamos.
Desde la ventana del avión puedo ver grandes plantaciones delimitadas geométricamente y en medio pequeños puntos que muestran ser silos o en algunos casos tractores arando la tierra. Al aterrizar noto que son plantaciones de algodón, y máquinas que esparcen plaguicidas. Y me pregunto en qué momento los caminos de Norteamérica y Suramérica se separaron.
En el libro de Niall Ferguson (2012) Occidente y el resto, el autor expone seis características que llevaron a que Europa y Norteamérica tomaran el liderazgo político y económico global, opacando logros de grandes imperios antiguos, como el otomano en medio oriente o el de los Ming en China. Las características expuestas por el autor son: la competencia, la ciencia, la propiedad, la medicina, el consumo y la ética del trabajo.
Desde el comienzo de la conquista inglesa, en Estados Unidos se crearon concejos locales imitando el papel de la cámara de los comunes del territorio inglés, organizando la colonia bajo un gobierno colegiado y pragmático. Bolívar por el contrario consideraba inaceptable un gobierno representativo en Suramérica, conformando repúblicas que imitaron el antiguo sistema jerárquico Colonial y centralizando del poder: “A pesar de que aquel pueblo (Refieriendose a Norteamérica) es un modelo singular de virtudes políticas y de ilustración moral; no obstante que la libertad ha sido su cuna, se ha criado en la libertad y se alimenta de pura libertad…es un prodigio…que un sistema tan débil y complicado como el federal haya podido regirlo en circunstancias tan difíciles y delicadas como las pasadas” (Harold A. Bierk Jr. Et al. Selected Writtings of Bolivar. 1951). Para Bolivar la libertad de los colonos americanos los diferenciaba del represivo sistema español, y en consecuencia las colonias españolas no podrían autogobernarse. Sin embargo tras la campaña libertadora el modelo de gobierno no cambió mucho y la concentración de la propiedad se mantuvo.
La propiedad y el respeto por ella ha caracterizado a los países desarrollados a través de la historia, y eso se evidencia en la milimétrica delimitación que veo en cada parcela, mientras que las fronteras latinoamericanas, naturalmente generadas y fácilmente modificables, hacen confusa la delimitación de ‘mi territorio del tuyo’, cosa que paradójicamente se repite en todos los niveles de la sociedad colombiana. Las leyes en el Norte surgieron del respeto a la propiedad y del trabajo de esta, en el Sur la tierra siempre fue de la Corona y solo algunos privilegiados tenían derecho a usufructuar el trabajo de los indígenas que allí residían. Pensar en una redistribución de la tierra hoy en día es igual de pretensioso que nuestro sueño inicial de ser despensa, ya que los políticos suelen ser grandes terratenientes regionales y no tienen interés alguno en perder este territorio que es su único refugio de riqueza en una economía que históricamente ha sido inestable.
No podemos dejar de lado el componente de la competencia, actualmente se ha avanzado, pero indudablemente Colombia es un país de monopolios y oligopolios, así pasa con las comunicaciones, las bebidas, el alcohol y muchas otras industrias que solo tienen un par de jugadores que se reparten el mercado. Sin competencia no hay innovación (Dejando de lado el componente educativo que lo medios han discutido profundamente) mientras el gobierno continúe cediendo a las intimidaciones gremiales por cualquier liberalización o apertura, la competencia solo será un eufemismo para denominar la adquisición de usuarios entre las pocas compañías de cada sector.
Finalmente está la ética del trabajo. Los colombianos somos reconocidos internacionalmente por lo trabajadores que somos, pero lamentablemente al interior del país aun funcionamos bajo la ética del más vivo y de sacar del Estado lo que más se pueda. No sentimos responsabilidad por lo que allí pasa y este sólo está para auxiliarnos, mientras esto no cambie podemos hacer mil reformas agrarias y nada va a cambiar, no podemos seguir culpando al Estado colombiano de la desidia ciudadana y es hora de que la sociedad civil tome responsabilidades, este ha sido el éxito económico y político de Europa y Estados Unidos.
Por: Juan Camilo Zapata
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