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Constructores de Esperanza – Parte II

En una entrega anterior se resaltaron tres notas de la esperanza: la expectativa de un bien futuro; es más que un deseo –requiere fortalezas de carácter para enfrentar obstáculos, incluso el dolor y el sufrimiento-; y configura lo posible: producto de nuestra acción, con ensayos y errores, nuestras vivencias y su reconocimiento honesto, van conformando aquello de lo que somos capaces.

Y esto con el fin de ampliar la definición que ofrece el diccionario: “Estado de ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos” (RAE). La esperanza es algo más que un estado de ánimo y que un deseo.

Allí se propusieron roles de constructores de esperanza: padres y madres de familia; maestros, profesores, guías intelectuales y espirituales, escritores, investigadores; pero también toda persona en el trabajo con otras a cargo que las entrena y capacita para el mejoramiento de sus habilidades. Y, con mayor razón, quienes llevan a cabo sus tareas a cabalidad y con diligencia contribuyendo al bienser propio y de los demás. En esta categoría, se hallan empresarios responsables socialmente, funcionarios probos, operarios diligentes, en fin, cualquiera que con su acción, por sencilla y humilde que sea, presta un servicio a los demás y contribuye así a la convivencia.

El campesino y el finquero, ilustran muy bien esas notas. El bien futuro, pues es su cosecha, los animales que cuidó, los árboles que sembró. Futuro que temporiza en términos de semanas, meses y años. Ellos saben bien, que no pueden ‘apurar’ los ciclos normales de la naturaleza. Saben esperar.

El rigor de las estaciones, las distancias por recorrer en carreteras destrozadas, la especulación proferida por los intermediarios inescrupulosos, la ignorancia de técnicos agropecuarios sin experiencia que asesoran: todo ello va configurando personalidades recias, muchas veces escépticas sobre el ‘conocimiento profesional’. Todo ello sí que contribuye a configurar posibilidades.

Posibilidades que van desde la venta justa de la cosecha y los animales engordados, hasta una mejor educación para sus hijos –‘mejor’, si sus padres sólo alcanzaron unos pocos años de primaria y sus hijos terminan bachillerato–. Posibilidades que incluyen también la venta justa de la tierra si quisieran explorar otros horizontes: por ejemplo, una educación formal mayor para sus hijos.

Estas posibilidades se esfuman cuando, por razones de inexistencia de mercados justos (especulación) o de inseguridad y violencia (narcotráfico, ‘Bacrim’, narcoguerrilla, etc.) deben abandonar sus tierras, emigrar a otras regiones o a ciudades, donde todo aquello debe ser reconfigurado.

El gran problema de ese tipo de desplazamiento forzado es el de una inusitada reconfiguración de futuro y de posibilidades. En el curso normal de cualquier vida esas posibilidades surgen de la práctica, del ajuste entre lo que soñamos con lo que vivimos y así determinamos lo que somos capaces: en un proceso de aproximaciones sucesivas, que requiere, insisto, tiempo, honestidad y buen discernimiento.

Sin embargo, más atención le brindan los gobiernos a los guerreros que en número sus cifras no superan las decenas de miles, que a las víctimas rurales desplazadas cuyo número superan los millones. He ahí la perplejidad en que nos hallamos los ciudadanos con respecto a la retórica de la paz.

Gustavo González C.
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