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“A lomo de mula” – Parte IV

En nuestra ultima entrega acerca de la arriería nos concentraremos en describir al eje sobre el que esta tradición se construyó, el hombre detrás de todo: el arriero.

El oficio de la arriería generaba prestigio para quienes lo ejercían, estos eran reconocidos en sus pueblos y sobre todo admirados por su tenacidad. Para ejercer la arriería era necesario desenvolverse bien en una gran variedad de actividades, tal como lo describe Ferro: “A pesar de lo obsoleto de la técnica, la arriería exigía un verdadero conocimiento, normas, trabajos especializados, distribución de funciones, jerarquías, dominio del medio, orden y eficacia. El arriero debía tener conocimiento sobre el tiempo; sentido de orientación; dominar habilidades culinarias; médicas, comerciales, domésticas, las técnicas de pesas y medidas; saber sobre la vida de los animales; la construcción; y además; eran indispensables la fuerza, la destreza, el ingenio y la habilidad para sortear con rapidez y eficacia cualquier imprevisto en el camino.”[1] Para consolidar todos estos conocimientos los arrieros tenían un camino de perfeccionamiento desde que empezaban hasta que constituían su propia mulada. Iniciaban trabajando para grandes muladas donde no eran propietarios, perfeccionando el oficio y aprendiendo de la experiencia de otros arrieros, a medida que lograban ahorrar constituían su propia mulada con un pequeño número de animales y se unían a otros arrieros independientes creciendo hasta poder organizar una gran mulada por si mismos. Asimismo es fundamental resaltar el papel de la familia en la transmisión de los conocimientos de arriería, el oficio solía ser pasado de padre a hijo, y habían varios que contaban varias generaciones en la arriería.

El camino del arriero iniciaba como sangrero, en las grandes muladas este era el que se encargaba de ir con un caballo delante de las mulas organizándolas a través de una corneta o bocina[2]. El sangrero solía ser joven y además de esto era el que se encargaba de la comida y de cargar todos los elementos de dormir de los arrieros. Una vez tomaba experiencia e iba creciendo, se desempeñaba como peón o arriero raso encargándose de la carga, cuidándola y ajustándola a las vicisitudes del camino y además arriaba a las mulas[3]. Aquellos arrieros que se destacaban en el oficio se convertían en caporales, manejando a otros arrieros y administrando el manejo de la carga. Asimismo el caporal era quien señalaba “…rutas, sitios de hospedaje, duración de las jornadas, responsables de la entrega de la carga con sus recibos y remisiones, se encargaba también de escoger arrieros y sangreros.”[4] Los caporales que podían ahorrar y comprar algunas mulas eran quienes se independizaban y formaban su propia mulada, juntándose con otros independientes. En estas travesías solían encontrarse varios arrieros y compartían en las posadas o estaciones, tomándose sus tragos y relatando sus aventuras, allí igualmente se encargaban de cuidar a las mulas, alimentándolas y arreglando la carga para que no las lastimara. Ellos eran conscientes de la importancia de mantener bien sus animales, por eso siempre dedicaban tiempo en la noche y antes de partir al cuidado y alimentación de estos.

1377116969152856Tomado de: http://www.artelista.com/en/artwork/1377116969152856-arrierossemos.htm

Para el camino los arrieros siempre contaban con unos implementos claves, en primer lugar el siempre reconocido carriel, este era el objeto donde llevaban todas sus pertenencias. Allí cargaban navajas, agujas de arria, cuerdas, ropa, herraduras para las mulas, martillo y machete o peinilla, y principalmente comida para el viaje, entre otros. Uno de los principales alimentos que constituían su dieta durante las travesías era el maíz; las mujeres de la familia lo cocinaban y lo envolvían en una hoja de plátano, este alimento era fundamental porque duraba durante mucho tiempo, inclusive hasta un mes. Era una comida esencial para el camino, pues en las paradas los sangreros cocinaban o comían en las posadas.

Durante estas cuatro entregas hemos dado una mirada solo a una pequeña parte de la historia de estos emprendedores y tenaces personajes, el reconocimiento que tienen se ha quedado pequeño de alguna manera, pues sobre el lomo de los animales que dirigían se construyó el país que conocemos. Esta historia debería ser un ejemplo para las nuevas generaciones sobre la capacidad que tiene el hombre de superar las adversidades y hacer de estas una ventaja, si nuestros antepasados pudieron hacer país por estos intrincados caminos y sin nada mas que su sabiduría porque nosotros no podemos seguir adelante y hacerlo aún mejor con todas las posibilidades que tenemos. Por otro lado desde ANeIA trataremos de continuar dando visibilidad al tema equino, empezamos por su importancia en la construcción del país y continuaremos recorriendo su evolución hasta nuestros días.

Francisco Alejandro Lugo Castro
@alejandrolugoc

Bibliografía

FERRO MEDINA, Germán. A Lomo de Mula. Bogotá: Bancáfe, 2004.


[1] FERRO MEDINA, Germán. A Lomo de Mula. Bogotá: Bancáfe, 2004.

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd.

 

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