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Colombia: La Oportunidad de renunciar a una ventaja.

Con el comienzo del nuevo mileno Colombia empezó un notable crecimiento que ha mejorado los niveles de vida de su población. Progresos en seguridad, relacionados con años de buenos precios en las materias primas han generado un incremento relevante en las exportaciones, apalancadas por sectores como la minería y el petróleo, cuya inversión ha estimulado entre otras la demanda interna. La población por debajo de línea de pobreza ha disminuido al igual que las tasas de desempleo al parecer reflejan un mejor panorama.
Mucho se ha hecho pero la realidad es que falta mucho más por hacer, ya que con la caída de los precios de los commodities cuyas exportaciones reúnen el 72% de la canasta exportadora (CPC 2014)[1], el país padece de un fuete estancamiento en los niveles de competitividad acompañados por una acelerada devaluación de su moneda, ampliando cada vez más la brecha para alcanzar las condiciones de vida de los países desarrollados.
De hecho de acuerdo al reporte de diciembre de 2014 del World Economic Forum, Colombia ocupa el puesto 66 de 144 países en el ranking de competitividad global, por detrás de pares del continente como Perú, México, Panamá, Brasil, y Chile. Más aun según el indicador de productividad que constituye el Conference Board Total Economy, el cual se define como PIB promedio por trabajador ocupado, ajustado por paridad de poder adquisitivo, Colombia ocupa unos de los peores lugares entre los países de la región analizados por este índice, necesitando 4.5 trabajadores colombianos para hacer la misma actividad de uno estadounidense.
Con ello surge el cuestionamiento si aquel crecimiento de principios de mileno fue realmente un aprovechamiento planeado de nuestra competitividad o se debió más a una bonanza en precios internacionales de las materias primas, dejándonos con la gran pregunta si aquellos “Motores de Crecimiento” usados en último decenio seguirán apalancando nuestra economía o necesitamos cambiar definitivamente nuestro modelo de desarrollo altamente dependiente de la inversión minero energética extranjera cuyo dinamismo ha distorsionado la relación entre los niveles de crecimiento y la productividad.
Para empezar a resolver el interrogante es prudente analizar algunos datos del departamento nacional de planeación en el cual se evidencia la fuerte penetración del sector minero energético en % de participación del PIB entre el 2000 y 2014, aumentando considerablemente su valor en este periodo (Grafica 1).
Grafico 1: Participacion M&E como 2001-2014
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No obstante el crecimiento de los niveles de inversión e ingreso por cuenta del precio de estas materias primas, según un informe de productividad elaborado por Fedesarrollo para diciembre de 2014[2] desde el 2000 al año 2012, el crecimiento de productividad en Colombia ha sido insignificante (2%) comparado con el índice de su homólogo en la inversión (>80%) (Grafico 2). A nivel mundial es conocido que la mejora en la productividad resulta indispensable para el desarrollo, por cuanto determina el nivel de crecimiento y salarios de un país, al tiempo que establece la calidad de vida de su población utilizando los mismos recursos disponibles. ( Krugman, 1990: Prescott, 1997; Porter 1990).
Grafico 2: Productividad Total e Inversion Colombia 2000-2012
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Conforme este escenario surgen algunas hipótesis para descifrar el porqué de la baja productividad nacional, entre la cuales emergen factores como la alta heterogeneidad de nuestras industrias, la cual dificulta la integración tecnología de sectores, ocasionando mayores “distancias” (Brecha tecnológica) en términos de (Hausman y Klinger), para componer un sistema representativo de producción.
De igual forma y extendiendo un poco el concepto de productividad, no solo podemos enfocarnos en la producción in-situ (fabrica, manufactura etc) sino además se tiene abarcar el concepto de bienes públicos (Hausman y Klinger), para promover la competitividad del sector. Estos bienes públicos no son solo las carreteras o puertos sino además las legislaciones adecuadas para el fortalecimiento de las instituciones públicas[3]. Un ejemplo común es el caso de los registros fitosanitarios para los productos agroindustriales, ya que al no tener como país un sistema reconocido y certificado internacionalmente de buenas prácticas en este sector, se pierden valiosas oportunidades de entrar a países desarrollados. De igual forma es claro que estos costos de inversión y desarrollo son excesivamente caros para un inversionista privado, del cual probablemente se desprenderán algunos “Spillovers” que se aprovecharan de sus invenciones, por ello es prudente definir políticas convincentes de patentes que promuevan la inversión en innovación y desarrollo en estos sectores.
Otro factor importante para evaluar está en el equilibrio del mercado de mano de obra, el cual se encuentra distorsionado debido entre otras a las políticas tributarias gubernamentales. Por un lado la carga impositiva sobre las rentas de los industriales y salarios de sus trabajadores generan un alto nivel de informalidad, con lo cual se pierden valiosos recursos estatales que podrían ser direccionados al fomento o consolidación de industrias. Por otro lado los altos costos tributarios sobre las empresas distorsionan la eficiencia en la asignación de recursos productivos, toda vez que las empresas no crecen necesariamente por ser más productivas, sino aquellas que gozan de beneficios fiscales[4] (Palma Africana, Azúcar, Arroz, etc).
Finalmente el concepto de fallas de coordinación surge como otro factor influyente en la productividad. Un caso especial sucede en la industria de concentrados alimenticios para sector de la piscicultura en el cual y debido a las economías de escala, “no hay alimentos porque no hay industria y no hay industria porque no hay alimentos”. En el mismo plano sucede un caso similar en el sector financiero en donde se tiene un acceso limitado al crédito, “solo se le presta a los que ya tienen” ocasionando que empresas productivas restrinjan su posibilidad de expandirse o que empresas improductivas no puedan financiar cambios tecnológicos.
La oportunidad
Previo a sacar esta conclusión es importante responder si realmente fue nuestro crecimiento económico de los últimos 20 años un aprovechamiento de nuestras ventajas comparativas. La respuesta es claramente si. A pesar de la gran cantidad de acciones que se dejaron desarrollar debido a la concentración en el sector minero energético, la ventaja comparativa no es un concepto estático el cual finalmente depende del momento de los precios relativos del mercado global sujeto a la disponibilidad de mis recursos. Para muchos el tiempo es la clave más importante de una ventaja y si consideramos nuestras otras opciones de producción asociados con sus precios, para aquellas épocas de bonazas del carbón y petróleo, probablemente no hubiéramos encontrado otra mejor alternativa para sostener aquel crecimiento.
Sin embargo nuestro mayor problema es el aprendizaje, ya que si bien esta no es el primer caso de “enfermedad Holandesa” a nivel mundial, la historia ya nos ha enseñado que la clave de un desarrollo sostenible no está en el aprovechamiento de un recurso material sino en la aprovechamiento de un marco industrial, el cual no define sus ventajas comparativas respecto a un producto si no a un sistema integrado de productividad que promueve velozmente la intensificación y el acceso a nuevos mercados conforme la disponibilidad de los factores de producción.
Los productos evolucionan y los mercados cambian y es por ello que tener un marco definido y reconocido a nivel global de la política industrial amplía las oportunidades para abarcar diferentes mercados (ej China). Con ello y tal como lo dijo el aristócrata británico Benjamin Disraeli durante la consolidación del imperio británico “Después de saber cuándo debemos aprovechar una oportunidad, lo más importante es saber cuándo debemos renunciar a una ventaja”.
Diego Armando Castro Amado
Bibliografía

[1] Consejo Privado de Competitividad 2014

[3] Marco Llinas; 2012; Coyuntura Económica, Vol. XLII, No 2 diciembre 2012 pp 59-120. Fedesarrollo, Bogota Colombia

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