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Aproximación a una ética del agua -1

El Río Magdalena, foto de: El País.

Los veranos fuertes que azotan al País hacen parte del cambio climático global. Global porque, por ejemplo, en este invierno en el Norte del Continente se vivieron temperaturas cálidas en diciembre y sin nieve, fenómeno que las generaciones mayores pero existentes jamás habían vivido. El problema para los agricultores allí es no contar con las temperaturas heladas que arrasan con las plagas y la nieve acumulada que en la primavera humedece la tierra.

Nuestro caso es diferente ya que al no contar con estaciones, excepto ciclos de lluvias –a veces torrenciales–, y veranos fuertes no tenemos mecanismos para acabar con las plagas ni otra forma de preservar y regular el agua que los páramos, los bosques de niebla y la vegetación protectora alrededor de quebradas y cañadas. Por ejemplo, en las zonas cafeteras de antaño, el café arábigo requería sombra de guamos y otras especies leguminosas que no sólo nitrogenaban el suelo, sino que evitaban la erosión. Al igual que la bambusa guadua –especie nativa única–, cuya reproducción por rizomas extiende sus raíces ‘amarrando’ los suelos.

De ahí que ahora la poca o mucha lluvia que nos llega desciende por laderas arrasando lo que encuentra a su alcance. Hemos arruinado los bosques y la vegetación que almacenaba el agua, regulaba su curso, y nos proveía sustento.

Una conciencia ambiental se configura al conocerse la interrelación de estos hechos. Los niños en las escuelas aprenden la importancia de los elementos de la naturaleza y esperamos que las generaciones futuras actúen con mayor diligencia a como lo hemos hecho las generaciones actuales.

En nuestras generaciones presentes todos y cada uno cargamos con el peso de la destrucción de los elementos mencionados. La ‘revolución verde’ aplicada al café orientó la investigación a la creación de especies altamente productivas pero que requerían total luminosidad. Eso se llevó consigo todos los bosques y sotobosques que almacenaban agua y regulaban su cauce en dichas zonas.

La microgeneración de energía a lo largo y ancho de nuestras cordilleras fue erradicada por gigantescas hidroeléctricas algunas cuyos costos jamás se recuperarán. Aquélla obligaba a la preservación de los cauces de quebradas y ríos.

La construcción urbana hasta hace poco empleaba la guadua como formaletas para la hechura de vigas y planchas de pisos de cemento. Nuevos materiales como el Icopor afortunadamente las reemplazan hoy sin el daño ambiental. Durante casi un siglo, las frutas y hortalizas se comercializaban en ‘guacales’ de maderas ‘ordinarias’; hoy las canastas ‘carulleras’ las reemplazan con gran beneficio para nuestros bosques.

Los urbanitas, que en sus lotes pequeños o grandes construyen sus ‘casas de campo’ haciendo caso omiso de las especies del ‘monte’ que entran a talar, forman parte de ese gran abanico de ‘colonos’ que talan ‘tierras baldías’. Y esto para no mencionar todos los ‘cocaleros’ y mineros que en busca de ganancias rápidas van convirtiendo grandes extensiones desde los páramos hasta las planicies templadas en paisajes lunares.

Unas simples anotaciones que buscan extender la responsabilidad ciudadana de la escasez del agua a consumidores urbanitas, finqueros, investigadores, extensionistas, empresarios, funcionarios, narcoguerrilleros, paramilitares y políticos. Para no siempre ‘lavarnos las manos’ con la poco agua que nos deja el ‘Niño’.

Hemos arruinado una naturaleza pródiga con nosotros, aunque siempre dispuesta a la corrección de nuestra codicia e ignorancia.

Gustavo González Couture

Profesor Facultad de Administración

Uniandes.

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