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¿Está nuestra dieta acabando con el planeta?

Actualmente, el Cambio Climático es ya un fenómeno ampliamente investigado y reconocido a nivel mundial, tanto por la comunidad científica como por el público general. Así sea a nivel superficial, una gran parte de la población se halla hoy consciente de que el planeta está sufriendo cambios drásticos en su clima a nivel global – expresados en variaciones en las temperaturas, precipitaciones, y otros fenómenos atmosféricos-  y que estos cambios están siendo impulsados por la acción del hombre. La causa principal de este fenómeno es la emisión antropogénica de gases de efecto invernadero (GEI), como consecuencia de la actividad económica humana. No es ninguna casualidad que los niveles actuales de CO2 en la atmósfera sean los mayores de los últimos 400,000 años, ni que las temperaturas globales vayan a aumentar lo mismo en este siglo que en los 5,000 años previos. Aunque se reconoce ampliamente la influencia de la quema de combustibles fósiles sobre este fenómeno, es mucho menos conocido el rol de las actividades agropecuarias, y por lo tanto nuestros hábitos alimenticios, en esta problemática.

Según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés), la agricultura, silvicultura, y modificaciones al uso de la tierra relacionadas representan el 24% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero antropogénicas, superando a los sectores de transporte, industria, o construcción, y ubicándose por debajo, únicamente, del sector de generación de energía eléctrica y térmica. Dentro de este sector, la agricultura animal lleva la responsabilidad principal, llegando a representar el 14.5% de todas las emisiones de GEI antropogénicas, mayores que todo el sector de transportes.

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Para evaluar las diferencias entre el sector, resulta muy útil analizar el megaestudio desarrollado por el Environmental Working Group (EWG), en el cual compararon la ‘huella de carbono’ de diversas fuentes alimenticias según los Kg de CO2 emitidos a la atmósfera por cada Kg de comida consumida. Asimismo, hicieron la distinción entre emisiones generadas en el proceso de producción (representadas por la línea verde), y las generadas posteriormente (procesamiento, transporte, comercialización, cocina, y desechos), representadas por la línea amarilla de la siguiente gráfica:

Lo primero que resulta evidente es la huella significativamente mayor de las fuentes alimenticias animales, en comparación con las vegetales. Para todos los productos animales, las emisiones generadas en el proceso de producción son mucho mayores que las generadas posteriormente, debido a que requieren un uso intensivo de recursos para su crecimiento, mientras que para los insumos vegetales esta relación tiende a revertirse. Asimismo, resultan sorprendentes las cifras de contaminación generadas por la carne de oveja y res. La producción de carne de estos dos animales genera niveles mucho mayores de contaminación atmosférica, debido principalmente a que su sistema digestivo rumiante los hace expulsar grandes cantidades de metano (CH4), un gas 25 veces más potente que el CO2 en relación a su efecto invernadero. Aunque la carne de oveja emite más GEI por Kg, su consumo a nivel mundial es muy bajo, por lo que no representa una fuente significativa de contaminación atmosférica a nivel global.

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La ganadería vacuna, por su parte, es la fuente principal de contaminación atmosférica de toda la actividad agropecuaria global; cada Kg de carne de res equivale a 2 Kg de cerdo, 4 Kg de pollo, y 27 Kg de lentejas relativos a su emisión de GEI. Adicionalmente, la ganadería es responsable del 53% de las emisiones antropogénicas de óxido nitroso (N2O) a nivel mundial, un gas 300 veces más potente que el CO2 relativo a su efecto invernadero. Además de sus emisiones de GEI, la ganadería vacuna es una actividad que hace un uso sumamente ineficiente de la tierra; cada Kg de carne de res requiere 28 veces más área que una unidad equivalente de pollo, y 160 veces más que vegetales como la papa. Estas cifras hacen que la ganadería ocupe un 70% de todas las tierras dedicadas a la agricultura a nivel mundial, y un 30% de toda la superficie terrestre del planeta, lo que la convierte en una de las principales causas de deforestación a nivel mundial. Adicionalmente, requiere un uso excesivo de recursos hídricos; cada Kg de carne de res requiere 15,415 litros de agua durante su proceso de producción, una cifra 300 veces mayor que la de otras fuentes de proteína vegetal, como las legumbres (i.e. lentejas, fríjoles, garbanzo, etc.).

El tiempo de buscar culpables en el gobierno, las corporaciones multinacionales, y ‘los países desarrollados’ ya pasó. Si queremos mitigar los efectos del cambio climático global, resulta prioritario identificar qué hábitos de consumo están contribuyendo a la problemática; no son sólo las compañías petroleras y los automóviles los causantes de este fenómeno, cada pedazo de comida que está en nuestro plato representa una elección que hacemos sobre la importancia que le damos a la sostenibilidad de este planeta y la supervivencia de sus ecosistemas.

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En mi parecer el principal problema es la desforestación. Sea para agricultura o para ganadería, para coca y minería. Me resisto a creer que no exista literatura que creible generada por los interesados en producción animal (asociaciones de ganaderos, porcicultores, etc.) La moda light fue generada por estudios científicos que 30 años después fueron revaluados: esa moda hoy se reconoce como la causante de la epidemia de obesidad actual. Por esa misma época también se acusó a la industria de huevos de causar altos niveles de colesterol. La industria quedó rechazada, hasta tanto años después se probó que había más beneficios que maleficios.

El campesino colombiano tiene su vaca o un par de novillas, que son sus ahorros. Es lo que le permite supervivencia ante los ciclos de productos agrícolas. Los intereses económicos pueden influir la ciencia. Esta no siempre es “objetiva”.

Escrito por Sebastián Ospitia

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